Elecciones en Aragón
Ha llegado hoy el momento de la verdad en Aragón, ese instante solemne en el que la democracia cumple su función más higiénica: someter a recuento la vanidad del poder y ofrecer a los ciudadanos la posibilidad, siempre efímera, pero nunca desdeñable, de retirar del escaparate público a quienes han confundido el servicio con la ocupación, la política con la propaganda y la gestión con el narcisismo. Las elecciones que se celebran hoy no decidirán únicamente la composición del próximo Gobierno autonómico, sino que operan, como viene siendo habitual en esta legislatura errática, como un plebiscito indirecto sobre Pedro Sánchez y el proyecto político que ha terminado por llevar su nombre. Aragón vuelve a desempeñar ese papel incómodo y revelador que algunos han dado en llamar, con excesiva ligereza, pero no sin fundamento, «el Ohio español»: un territorio que no marca tendencias, pero sí certifica agotamientos.
Las encuestas -todas, incluso las más manoseadas por la gimnasia creatividad de Tezanos- coinciden en lo esencial: el Partido Popular ganará las elecciones, aunque previsiblemente sin mayoría suficiente para gobernar en solitario; el PSOE sufrirá una derrota a la extremeña; y Vox consolidará una subida que no puede seguir despachándose como accidente coyuntural o exabrupto sociológico. Todo lo demás pertenece al ámbito de la horquilla, ese artefacto estadístico que José Félix Tezanos ha elevado a la categoría de género literario financiado con dinero público, donde todo cabe siempre que sirva para no admitir nada con claridad.
Hay, sin embargo, un elemento verdaderamente novedoso en esta convocatoria: el PSOE ha salido a la campaña no a ganar, sino a administrar la derrota. Esto sí constituye una rareza histórica. Nunca antes el socialismo había asumido con tanta naturalidad —casi con alivio preventivo— la posibilidad de un descalabro electoral, como si el objetivo no fuera vencer, sino lograr que la caída no resulte demasiado aparatosa. De ahí esa estrategia tan reconocible de rebajar expectativas hasta el subsuelo para poder presentar cualquier resultado ligeramente menos malo como un éxito moral. Del «esperábamos algo peor» al «hemos resistido» media apenas un paso retórico. Lamentablemente patético. Para lo que ha quedado el Partido Socialista. Y es que la candidatura de Pilar Alegría simboliza como pocas esta lógica de resignación maquillada. No porque carezca de simpatía personal, sino porque encarna a la perfección esa figura del sanchismo tardío: el cargo dócil, el perfil amable, la portavoz disciplinada que ha formado parte del núcleo del poder y que ahora es enviada al territorio como quien lanza una boya sabiendo que no evitará el naufragio, pero quizá permita ganar tiempo. Alegría no ha sido una candidata aragonesa con proyecto propio, sino una delegada del sanchismo en comisión de servicio. Su campaña de cercanía ha resultado tan impostada como su repentino descubrimiento del territorio, y su discurso, plagado de promesas genéricas sobre listas de espera, vivienda o despoblación, se ha estrellado contra la evidencia de una gestión nacional que ha hecho del deterioro de los servicios públicos, del caos ferroviario y de la inseguridad jurídica una seña de identidad. Resulta difícil sostener la credibilidad de un proyecto autonómico cuando se ha sido durante años portavoz de un Gobierno que ha sustituido la acción por el ruido y la responsabilidad por la coartada.
Pedro Sánchez, por su parte, ha comparecido lo justo, como quien acude a un compromiso incómodo sin demasiadas ganas de hacerse notar. Sabe que Aragón no le pertenece emocionalmente, que en esa tierra no hay relato épico que vender ni antagonista imaginario que movilice a las masas, y que cada aparición suya funciona más como recordatorio del problema que como parte de la solución. Su ausencia es tan elocuente como lo fue, en su momento, la desaparición estratégica de José Luis Rodríguez Zapatero, otrora omnipresente y hoy cuidadosamente ocultado, quizá porque su sombra empieza a resultar más comprometedora que inspiradora. Lo que se juega hoy en Aragón es, en realidad, la constatación de una descomposición que no cesa. El sanchismo ha optado por irradiar entre los suyos una forma de nihilismo pasivo, en el sentido más nietzscheano del término: la aceptación resignada del declive, la sustitución de la ambición política por la mera supervivencia orgánica, la conversión del partido en una agencia de colocación donde lo prioritario no es gobernar bien, sino conservar el sueldo, el cargo y el aforamiento.
Para el resto de los ciudadanos, el mensaje implícito es aún más desolador: que la política no merece atención, que todo es un reality show degradado, que nada importa demasiado. Que no importe, por ejemplo, que la pobreza infantil se dispare, que haya más perceptores de subsidios que parados registrados, que la crisis de la vivienda no tenga horizonte de solución o que se introduzcan reformas penales que erosionan la seguridad jurídica en nombre de supuestos comités internacionales. Y es en este contexto cuando la democracia conserva, pese a todo, una virtud insuperable: permite la eliminación periódica de jetas. Es cierto que el sistema tiene un defecto estructural -la llegada de jetas nuevas-, pero nadie ha inventado aún un mecanismo mejor para cambiarle el agua a las aceitunas. La política democrática funciona, al menos, como una máquina de laminado facial: hoy triunfan, mañana desaparecen, y pasado mañana apenas los recordamos. Si no existiera la democracia, habría que inventarla, aunque solo fuera por eso.
El PSOE parece confiar en que, aun perdiendo, podrá seguir explotando el comodín del miedo a Vox, ese mal de muchos que se ha convertido en consuelo de tontos y que ya no engaña a nadie fuera del perímetro militante. «Hemos perdido, sí, pero la ultraderecha sube»: he ahí el relato de emergencia con el que pretenden sobrevivir una noche más. El problema es que, elección tras elección, ese discurso se agota, mientras la realidad se impone con la tozudez de los hechos. Porque Aragón no ha sido marginada por casualidad, sino por cálculo. Sánchez sabe dónde tiene suelo electoral y dónde no, y prefiere ceder ante independentistas, comunistas y herederos políticos del entorno etarra antes que defender con firmeza a territorios que considera amortizados. En ese reparto, Aragón ha salido perdiendo, desde la financiación autonómica hasta la defensa de su patrimonio histórico, como demuestra el bochornoso asunto de Sijena bajo un Gobierno catalán presidido, por cierto, por un socialista. Y frente a este panorama, Jorge Azcón ha desarrollado una campaña razonable, sin estridencias, consciente de que su principal dificultad no era Pilar Alegría, sino la sombra omnipresente de Santiago Abascal. Vox sigue practicando una estrategia que recuerda inquietantemente a ciertos manuales maoístas: anteponer la contradicción secundaria -el PP- a la principal -el sanchismo-, como si la prioridad fuera disputar el liderazgo simbólico de la derecha antes que desalojar al inquilino más indigno que ha conocido la Moncloa. Tarde o temprano, los votantes sabrán identificar a los responsables de que Sánchez continúe parapetado tras su colchón institucional, y pasarán factura. La política no perdona indefinidamente los errores estratégicos, ni siquiera cuando se cometen en nombre de principios supuestamente innegociables.
Todo indica que esta noche veremos a una Pilar Alegría mohína, con el discurso de que hay noticia buena y otra mala con el que el sanchismo pretende anestesiar a los suyos: hemos obtenido uno de los peores resultados de nuestra historia, pero el miedo sigue funcionando. Es una aspiración modesta, casi miserable, para un partido que un día aspiró a transformar el país. Nada de lo que ocurra hoy cambiará, sin embargo, la conducta de Pedro Sánchez. No habrá comparecencia solemne ni asunción de responsabilidades. Aragón puede anticipar su derrota general, como Ohio anticipa la presidencial estadounidense, pero al presidente le importa poco. Hace tiempo que asumió que no remontará y que su único objetivo es resistir hasta que el tiempo se agote, aunque para ello deba empujar a su partido al abismo mientras él se aferra al cargo. Porque de derrota en derrota, Sánchez pretende llegar a una hipotética victoria final que solo existe en las encuestas de Tezanos y en la imaginación de sus asesores. Mientras tanto, el país sigue sin presupuestos, sin rumbo y sin gobierno efectivo, sustituido todo ello por ruido, trilerismo y una polarización calculada para tapar la incompetencia.
Aragón hoy tiene la oportunidad de decir basta. No cambiará España por sí sola, pero volverá a señalar, con la contundencia silenciosa de las urnas, que el ciclo del sanchismo está agotado, que su relato ya no convence y que ni las sonrisas permanentes ni el tono lastimero cuando lo pillan con las manos en la masa pueden ocultar indefinidamente el vacío. Jaque mate.

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