Amoldándome a lo bueno


Si hace unos días les decía que soy un animal de costumbres, también es verdad que soy fiel ejemplo de eso que dicen sobre que a lo bueno uno se acostumbra rápidamente. Y eso estoy haciendo: aprovechando al máximo estas vacaciones navideñas, empapándome de cultura, de lecturas pendientes, leyendo prensa de manera tranquila y pausada, viendo películas y series sin el runrún en la cabeza de que para mañana tengo que preparar tal cosa y, sobre todo, descansando; descansando por las mañanas no levantándome a las cinco, pero, incluso, dándome el lujo de echarme una siesta sin repercusiones para luego dormir por la noche.

Lo único malo de todo esto es que tiene fecha de caducidad; bueno, como todo en la vida, ¿no? Cuando tenga que volver al trabajo estaré unos días en modo bajón, ya me ha pasado otros años, pero así es la vida. Proust hablaba de las diferentes concepciones del tiempo: de lo rápido que pasa cuando nos gusta lo que estamos viviendo y de lo eterno que se hace cuando no nos gusta lo que hacemos. Así que creo que si estos días de asueto se me pasan rápido es señal de que los estoy disfrutando, de que estoy viviendo, en definitiva. Y cuando haya que volver al trabajo, volveré primero más apagado para después ir despertando, como las flores en el campo tras el invierno, como esa explosión de vida que es la primavera que precede al invierno, y luego volverá a llegar el verano y el descanso prolongado. Porque al final todo llega y todo pasa. Es ley de vida.

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