Pequeños placeres #4: El musgo


Me gusta tocar el musgo que le sale al bonsái que tengo en mi terraza en esta época del año, por el frío y sobre todo la humedad. Este bonsái tiene ya años de historia a sus espaldas conmigo: tengo que remontarme a 2012, cuando me compré un falso pimentero japonés en el que creo que fue el último mercado medieval que se celebró en la Plaza de la Corredera de Córdoba (porque después pasó a celebrarse al sitio en el que sigue ahora: el entorno junto a La Calahorra); aquel bonsái tuvo una corta vida extraña: al poco se le cayeron las hojas para volver a retoñar al poco y volvérsele a caer para nunca más volver a la vida. Una cosa extraña que nunca me ha pasado con ninguna planta.

En las Navidades siguientes, mi novia y ahora futura mujer me regaló el bonsái que se ve en la imagen. Frente a lo exótico (y caro) de lo anterior, el nuevo bonsái era mucho más común, pero también mucho más fuerte, resistente y, con el tiempo, bonito. Es un bonsái que resiste absolutamente todo: el calor cordobés de estar una semana a 45.º C a la sombra, pero también el frío y las heladas del interior peninsular, porque aunque esta ciudad solo salga en las noticias por el calor, en invierno solemos amanecer con temperatura cercanas a los 0.º C.

Pero estamos en invierno y hemos estado muchos días con borrascas y hace frío: ello hace, como casi todos los años, que de la tierra del bonsái empiece a salir un musgo que luego aguanta, aunque mucho menos verde y mucho más amarillento, hasta el mes de junio. Tocarlo ahora, en época invernal, con ese tacto aterciopelado y el frescor del rocío y las gélidas heladas, es otro de mis pequeños placeres.

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