«The One»
Hay una pregunta que todos los españoles deberíamos hacerse después de conocer las últimas revelaciones de la investigación sobre las llamadas cloacas de la PSOE. No es si Leire Díez cobró dinero del partido, tampoco es si Santos Cerdán dirigía determinadas operaciones, ni siquiera es si algunos dirigentes socialistas acabarán sentados en el banquillo. La pregunta verdaderamente importante es mucho más sencilla: ¿para quién estaba trabajando realmente la PSOE? Porque, a medida que se acumulan los informes policiales, los testimonios y las diligencias judiciales, es cada vez más difícil sostener que nos encontramos ante la actuación aislada de unos cuantos personajes descontrolados. Lo que empieza a emerger es la imagen de una organización entera movilizada para proteger a una sola persona. Todo apunta a que esa persona es Pedro Sánchez.
Desde la llegada de la democracia, los partidos políticos españoles han protagonizado escándalos, han tenido corrupción y han visto desfilar a dirigentes por los juzgados. Pero incluso en sus peores momentos conservaban una característica esencial: seguían siendo organizaciones políticas que, para bien o para mal, actuaban en defensa de un proyecto colectivo. Lo que ahora describen los investigadores de la UCO de la Guardia Civil creo que es algo distinto, mucho más siniestro e inquietante: describen una estructura que pone sus recursos, su dinero, sus contactos, sus cargos y su influencia institucional al servicio de la supervivencia política de su líder. Si los hechos que se investigan terminan confirmándose, ya no estaríamos hablando de corrupción en el sentido clásico del término. Estaríamos hablando de la transformación progresiva de un partido político en una maquinaria destinada a limpiar problemas judiciales, desacreditar investigadores, buscar información comprometedora sobre jueces y policías, influir sobre testigos y construir cortafuegos para proteger al poder, todo para proteger a ese «the one» al que apuntan las conversaciones dentro de la cloaca pesoil. Por eso, lo más llamativo de todo es que, según las investigaciones conocidas hasta ahora, el supuesto objetivo principal de estas actuaciones no era enriquecerse, sino proteger al PSOE, proteger al Gobierno y proteger a Pedro Sánchez.
Durante años, Pedro Sánchez ha construido su imagen pública alrededor de una idea muy concreta: la superioridad moral de la izquierda progresista, «el gobierno más progresista de la historia» decía, ¿recuerdan? Llegó al poder mediante una moción de censura justificada en la necesidad de regenerar la vida pública española; presentó su llegada a La Moncloa como una especie de respuesta ética frente a la corrupción del Partido Popular de Mariano Rajoy. Durante mucho tiempo, buena parte de sus votantes aceptó ese relato y lo convirtió en una de las principales fortalezas políticas del actual presidente. Pero la política tiene dos característica crueles: que las exigencias morales que uno impone a los demás terminan aplicándose también sobre uno mismo, y que la hemeroteca no perdona.
Cada nueva revelación parece reforzar una impresión que empieza a extenderse entre amplios sectores de la sociedad: que el partido ha dejado de actuar como una organización política convencional para convertirse en una estructura orientada prioritariamente a garantizar la continuidad de Pedro Sánchez en el poder. Resulta difícil interpretar de otra manera la aparición constante de dirigentes, asesores, abogados, antiguos cargos públicos, empleados del partido y responsables orgánicos cuya actividad, según las investigaciones, habría estado orientada a intervenir de una forma u otra en procedimientos judiciales que afectaban al entorno presidencial. ¿De verdad puede una operación de semejante dimensión desarrollarse durante meses o incluso años sin que el máximo responsable político tenga conocimiento alguno de lo que sucede? Los defensores del presidente insisten en que no existe ninguna prueba definitiva que permita atribuirle participación directa en las actuaciones investigadas, pero se olvidan de que las actuaciones investigadas perseguían proteger al Gobierno y al presidente: las personas presuntamente beneficiadas pertenecían al entorno político o familiar del presidente, los dirigentes señalados ocupaban posiciones de máxima confianza dentro del partido, los recursos empleados procedían de la propia estructura socialista, ylas consecuencias políticas de esas actuaciones habrían favorecido directamente a quien ocupa el despacho principal de La Moncloa.
Y ahora voy con lo que me parece más preocupante de todo: todo esto está pasando mientras una parte importante del discurso gubernamental sigue centrándose en desacreditar a quienes investigan, con ataques sistemáticos contra jueces, fiscales, periodistas y agentes de la Guardia Civil. Cualquier información incómoda la han tachado de una conspiración, cualquier investigación era descrita como una maniobra política y cualquier indicio era automáticamente atribuido a una supuesta campaña de persecución organizada por adversarios ideológicos. Pero este relato empieza a caerse, como un castillo de naipes, a lo House of cards, cuando las propias investigaciones judiciales describen presuntas actuaciones orientadas precisamente a desacreditar investigadores y a interferir en procedimientos abiertos. ¿Cómo ha sido posible que tantas personas vinculadas al núcleo de poder de la PSOE aparezcan relacionadas con actuaciones destinadas presuntamente a proteger los intereses políticos de Pedro Sánchez? Hoy por hoy, todas las respuestas parecen señalar en la misma dirección.
Y mientras tanto, no se olviden, los socios de perfil. Mucho mascullar, mucho mandar recaditos a través de los medios de comunicación, pero a la hora de la verdad, nada de nada. El mismo PNV que había pactado apoyar los presupuestos de Rajoy y que días después apoyó la moción de censura de Sánchez ahora no tiene nada que decir. Permítanme que vaticine algo: les va a pasar factura a todos, no solo a la PSOE. Al tiempo. Mientras tanto, entre partido y partido de la Selección, que por cierto, empieza esta noche con un amistoso contra Irak en Riazor, vamos a ir viendo otro espectáculo aún mayor: el de la política española que parece no tener límites.

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