30 de junio
He releído en varias ocasiones las entradas que escribí los últimos días del último verano, con la incertidumbre que tenía en ese momento por verme obligado a ocupar mi plaza en el centro donde la tengo. Hablaba el último día de agosto de la tristeza que sentía ese último día porque era el fin de una etapa y el primer día de septiembre de los 302 días que me quedaban hasta el 30 de junio. Hasta hoy.
Predije sin error que llegado el momento me daría pena irme porque además pensaba que no iba a estar mal allá donde iba. Acerté de lleno: fui bien recibido, me hice rápido con los alumnos y ayer, cuando me despedí de la mayoría de gente, tenía los ojos brillosos. Qué pena irme después de un curso. Qué dolorcito en el corazón se te queda cuando en algún grupo te dicen que si vas a seguir con ellos el curso que viene, si vas a ser el tutor o quieren que seas tú el que les ponga la beca en la graduación del próximo curso. Qué pena más grande porque coges cariño a la gente, aunque sean alumnos; parece ser que ellos a mí también.
Pero debía irme, por mi salud. Este año me he quemado mucho con la carretera, algo que también he ido mencionando en alguna entrada escrita de madrugada durante estos meses mientras, soñoliento, tomaba un café. De hecho, me llevaba quemando desde hacía un par de cursos, cuando también he estado desplazándome bastantes kilómetros, aunque menos, pero este año ya ha sido mortal de necesidad. De hecho, he realizado algunos cálculos rápidos sobre el tiempo invertido en desplazamientos este año, teniendo en cuenta los días festivos habidos en la localidad en que estaba el centro y cinco días total de permiso de los que he disfrutado como funcionario público (tres en días no lectivos, esto es, utilizados en días sin alumnos; y dos en días lectivos, novedad desde enero de este año en Andalucía, que, por cierto, dediqué a corregir exámenes de mis pupilos de 2.º Bachillerato). La cifra que me sale es tremenda: en 193 días de asistencia al centro, he recorrido alrededor de 32.154 km, lo equivalente a recorrer España de norte a sur unas 36 veces o a dar aproximadamente 0,8 vueltas completas a la Tierra por carretera; he pasado una media de 138 minutos diarios (o 2,3 horas diarias) en el coche, lo que multiplicado por el número de días arroja 26.634 minutos, o dicho de otra manera, 443 horas y 54 minutos en total, que equivale a18 días y 12 horas seguidas dentro del coche, aproximadamente 2 semanas y media conduciendo sin parar.
Una locura que no se puede alargar en el tiempo, por muy bien que haya estado en el centro, por mucho que me haya hecho con los alumnos y dé pena dejarlos atrás y por muy bien considerado que haya estado por el resto de docentes y el equipo directivo. Otro de los datos que explica los madrugones es que de lunes a jueves he entrado a las 8 de la mañana, lo que me ha obligado a salir de casa sobre las 6:50 de la mañana y a levantarme entre las 5:00 y las 5:30, según el día de la semana y el cansancio acumulado, para poder espabilarme, tomarme un café y ducharme, algo que hago siempre por la mañana, independientemente de que cuando hace calor, según lo que haya hecho durante el día, vuelva a darme un agüilla por la tarde. Costumbres.
Para el curso que empieza en septiembre, esta vez sí, he solicitado centros en Córdoba y alrededores. Estos últimos días de junio, en esas horas muertas que había que cumplir de permanencia en centro, me he dedicado a revisar bien centro a centro para ver en cuáles tenía posibilidades de entrar. Resulta que tengo más posibilidades de las que me pensaba de estar como máximo a 20 minutos en coche de casa. Fantasía. Fantasía que no me voy a creer hasta que la administración me confirme el cambio con la resolución definitiva en los primeros días de agosto y, aun así, me pellizcaré el primer día que lo viva. 20 minutos máximo de coche suponen que pueda venir a casa a comer en un horario racional, que pueda asistir a un claustro o a una reunión de padres por la tarde saliendo desde casa después de haber reposado un poco la comida sin necesidad de echar en el centro horas y horas después de cumplir mi horario de clases porque no salía a cuenta volver a casa. Repito: fantasía.
Aunque yo sabía desde el principio que mi estancia en el centro iba a ser solo para el curso que hoy termina, muy poca gente en el claustro lo sabía porque yo no he dicho nada; menos los alumnos, de los cuales muchos se han ido pensando que volverían a verme en clase en septiembre. En cualquier caso, aunque haya sido solo un curso y a la mayoría de gente que he conocido en los últimos meses no voy a volver a verlos nunca más, creo haber hecho mi trabajo de la mejor manera posible, como sé hacerlo, dando lo mejor de mí, echando muchísimas horas con cuestiones que se salían de mis funciones, preparando temario, sobre todo para ese 2.º Bachillerato que daba por primera vez para el que he realizado todo el material para el curso y para Selectividad. Haciendo, en definitiva lo que me gusta, aunque me haya costado este curso algo la salud (desde Navidad he perdido 8 kg. sin hacer nada); haciendo lo que debe esperarse de un profesor.

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