Exceso de turismo


Definitivamente creo que este año vuelvo a no pisar la feria. Si no lo he hecho en los días previos, los días tranquilos como quien dice, dudo mucho de que vaya a hacerlo en los días «grandes» que empezaron ayer miércoles, con un macrobotellón en el balcón del Guadalquivir y gente venida masivamente del resto de la provincia, que es lo normal todos los años, pero también de otras provincias aledañas, lo cual creo que es más novedoso. Me llamó la atención ver el sábado pasado autobuses de pueblos de Jaén, de Ciudad Real, de Extremadura... llenitos de gente que soltaban en la feria, siendo el primer fin de semana. Mi barrio, relativamente alejado de la zona del Arenal donde se celebra la feria de Córdoba, estaba lleno de autobuses aparcados en un descampado, imagino que descansando y haciendo tiempo los conductores hasta la hora de la recogida. Luego escuché en la radio al alcalde decir que se habían batido todos los récords de visitantes el primer fin de semana de feria de Córdoba. Un hito, decía.

Bueno, no sé hasta qué punto. No sé hasta qué punto es bueno para una fiesta tradicional que siga y siga llenándose de gente sin fin, desvirtuándose su sentido, con gente por todos lados, sin poder entrar en ninguna caseta porque está llena, sin poder darte un paseo porque te vas dando codazos con la gente, con atracciones abarrotadas y colas infinitas. Podemos poner aquí feria o cualquier otra fiesta del mayo festivo cordobés. Mi suegra me contaba el pasado domingo que lleva un mes haciendo de guía turístico cuando sale de trabajar, en pleno centro de Córdoba; de gente que le pregunta por tal sitio, por tal patio, por tal cosa. La imagen que he puesto encabezando este artículo es precisamente de esas colas para ver los patios de San Basilio.

Córdoba no es Sevilla, ni en población, ni en turismo, ni inversiones, pero me preocupa que empiece a verse aquí lo que ya se ha visto este año en su feria o lo que lleva años viéndose en su Semana Santa: gente de postureo por todos lados, la ciudad convertida en una atracción turística mundial que hace del lugar donde viven miles y miles de personas un Disneylandia veinticuatro horas siete días a la semana, en el que es imposible vivir para la gente normal, a la que le quitan sus fiestas tradicionales desvirtuando el verdadero sentido de esas fiestas y tradicionales locales. Un decorado para turistas que echa a los oriundos de sus barrios y de sus calles porque es más rentable convertirlos en apartamentos para turistas; que convierte el bar al que bajabas a tomarte una tostada con aceite y tomate por la mañana, o una cervecita con la tapita al mediodía en un sitio inhóspito, en el que dejas de ver esas caras conocidas de todos los días que son tus vecinos; bares de barrio de toda la vida en los que te llaman por tu nombre convertidos en sitios donde ahora hay que reservar porque está todo lleno. Esto último lo vi el pasado fin de semana en mi barrio de toda la vida (porque nací aquí y mi nueva casa está en otro edificio a pocas calles), que no está precisamente en el epicentro del turismo antes mencionado (+4 km. del Arenal y del centro de Córdoba): bares llenos a rebosar, con reserva a mediodía y gente desconocida por todos lados.

No es turismofobia, como lo llaman ahora, ni nada parecido. Todos somos turistas en algún momento. Es una reflexión sobre la evolución del turismo en las ciudades, sobre cuál es el punto de equilibrio entre turistas y vida cotidiana, cuál es el punto en el que hay que decir «basta» porque hay demasiada gente. Porque el turismo no es algo que pueda crecer y crecer ad infinitum. Este artículo empezó siendo otra anotación sobre la feria para dar continuidad a lo escrito hace unos días al haberme levantado sobre las cuatro de la mañana a beber agua y no haberme podido volver a dormir con el jaleo de la feria, estando lejos como ya he dicho, pero ha derivado en esta reflexión sobre el turismo. 

La foto de cabecera es de Rafael Carmona para ABC Córdoba.

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